"BAILAR EL VIENTO"

viernes, 18 de marzo de 2011

MI PRIMERA VEZ...

Año 2006. Un buen día, después de varias semanas aquejándome de dolores y malestar, propios de los primeros meses de embarazo, mi marido Sergio me sorprendió mientras trabajaba en mi bar, con dos entradas para asistir al concierto de Manuel Carrasco, de su gira "Tercera Parada" en Granollers (Barcelona), en la sala Buk's. Por aquel entonces ya había asistido a varios conciertos de Manuel, pero éste iba a ser diferente. Diferente porque a las entradas las acompañaba un pase de back stage. Rompí a llorar. Iba a ser la primera vez que lo tubiera tan cerca como para perderme en el infinito verde de sus ojos. Desde ese día comenzó a correr la cuenta atrás. 18 días por delante que casi acaban con la paciencia del santo Job de mi marido. Llegó el día y estaba tan nerviosa que ni las patadas de mi niño en el vientre las notaba. Odisea de viaje para llegar de Tarragona a Granollers. No se si fue el GPS o mi marido, pero tras perdernos dos veces por las afueras de Granollers, yo creí que no llegaba y me dió el típico ataque de histeria, ese que combina risa tonta y llanto, acompañados de gritos. Al fin llegamos. Había valido la pena salir 4 horas antes para un trayecto que en condiciones normales se hubiera cubierto en hora y media. Nos dio tiempo a cenar antes de entrar a la sala. Bueno más bien cenó mi marido, a mí no me entraba nada, tenía el estómago en un puño. No hicimos cola, cosa que agradecí, las entradas iban con pase VIP. Ya dentro de la sala, ocupé las primeras filas, delante del escenario. Mi marido se quedo rezagado como siempre. A él le gusta Manuel tanto como a mí, pero no le gustan los empujones, el sudor, los gritos ni los pisotones. El tiempo que pasó hasta que Manuel salió al escenario se me hizo una eternidad. No escuché ni la musica disco que amenizaba la espera. mi marido se presentó por detrás para ofrecerme algo de beber, cosa que agradecí enormemente, tenía la boca seca y temía que no pudiera articuar palabra. No era consciente que, mientras yo deseaba ver la figura de Manuel en el escenario, la sala se había llenado por completo. Detrás de mí había centenares de personas a las que ni siquiera me paré a ponerles rostro. Mis ojos estaban clavados en el fondo del escenario. De repente se me aceleró el corazón, cambió la iluminación y sonaron muchos gritos. Apareció Manuel, ocupó su sitio delante del micro y empezó la magia. Brinqué, reí, lloré, grité, canté y me lo pase en grande durante la hora y media aproximadamente que duró la máquina del tiempo. Después de hacer un par de bis, Manuel se retiró y alguien me cojió del brazo. Mi marido me llevó como en volandas hasta la puerta del back stage. No eramos los únicos, se arremolinó una cincuentena de personas que esperaba tener la oportunidad de obrar un milagro. Salió el relaciones públicas de la sala acompañado del manager de Manuel. Durante un minuto debatieron sobre como debian proceder con los pases al back, y finalmente el relaciones públicas fue señalando a varias personas. Entraron en grupos reducidos, primero las amistades, conocidos, familiares o directamente escogidos por el artista, el manager, la sala o el relaciones. Después y tras haber una confusión (parecían haberse olvidado de los pases VIP) fueron entrando los agraciados, entre ellos yo y mi marido. Pasamos por una puerta que daba acceso a una escalera, que bajaba a un piso inferior. Alli, dispuesto en el centro de la estancia, había un piscolabis. Más allá, sillas y sofas donde se acomodaban los músicos y acompañantes. De repente mis ojos localizaron a Manuel. Se había cambiado de ropa, se había calado una gorra y se había refrescado un poco. Atendió a todos, uno por uno. Foto de rigor, autógrafo, pequeña charla con su genial pincelada de voz y besos y risas de despedida. Algunas se le echaban a los brazos, literalmente, pero él supo manejar la situación en todo momento. Fueron cinco minutos, mis primeros cinco minutos a su lado. Momento gravado en mi memoría, mi alma y mi corazón. He de confesar que si antes de ese día, Manuel era lo más para mí, después alcanzó cotas deidales. Estubo tan atento que hasta se dió cuenta de mi gestación y me peguntó si sabía si era niño o niña. Acabé la noche dormida en el asiento del copiloto del coche de mi marido, soñando que, despierta había tenido el mejor sueño de mi vida.